
Pues que habrá que hacer algo, ¿no? Del 7 al 21 de agosto...
Blog sobre sentimientos, amigos y recuerdos. Un espacio para sacar de nosotros lo mejor que llevamos dentro. El lugar donde rememorar a Barri es casi una obligación, además de una devoción. Y como dice la bendición irlandesa: "Que el viento sople a tu espalda, que el camino salga a tu encuentro, que el sol entibie tu cara, y hasta que volvamos a encontrarnos, que Dios, el amor, o en quien tú creas, te sostenga en la palma de su mano". Que así sea.






Por si tenéis dificultad para leerlo os reproduzco el texto del post de mi compañera Leticia en Vogue.es: 

Sir William Fettes murió en 1836 dejando una importante cantidad de dinero con el objeto de crear un centro educativo para gente con pocos recursos y niños huérfanos. Se compraron los terrenos a las afueras de Edimburgo y años más tarde se comenzó con la construcción del centro, que no fue inaugurado de manera oficial hasta 1870. Cuarenta años después, mi abuelo Peter y su hermano Frank llegaban a Edimburgo sin saber una palabra de inglés.
Mi abuelo -en la foto, el quinto por la izquierda en la segunda fila- tenía 10 años recién cumplidos y debía llevar unos pocos años en España, después de haber nacido en Santo Domingo, en la República Dominicana. Siempre nos contaba sus primeras impresiones de aquel día en que junto al Headmaster aprendieron sus primeras palabras. “Table”, decía éste dando una palmada sobre la mesa que tenía delante... Muy fuerte. Menudo curso intensivo les esperaba.
De esta historia, lo que más me ha llamado la atención desde muy pequeño es la visión de mi bisabuelo, Juan Parra Alba, para darse cuenta de la importancia del inglés en el mundo ya en los primeros años del siglo pasado. Ojo que hablamos de 1910... Pero es que sin duda él era un visionario; un andaluz emprendedor que cruzó el charco para convertirse en un exitoso hombre de negocios.
Mi abuelo me contaba que el Fettes tenía un campo de golf de nueve hoyos. Yo, que jugaba al golf cuando me narraba estas historias, flipaba con eso. Cuando en España muchos colegios no tienen ni una miserable cancha, él tenía campo de golf. Tremendo. Como el colegio tenía un rígido código de conducta -que por impedir hasta les impedía comer chocolate-, él se escapaba junto a sus amigos a hacer unos hoyos aunque sólo fuera para darle un poco al sabroso cacao...
A comienzos de los 90 estuve dos veces en el Fettes College -en la imagen de arriba estoy en la misma puerta de Carrington House en la que posó mi abuelo con sus compañeros en 1914-, el campo de golf ya no existía; se vendieron esos terrenos décadas atrás para hacer frente a las costosísimas reformas, pero aún así las instalaciones eran magníficas: campos de rugby, campo de crícket (un inmeso tapiz verde), pabellón, extensas praderas, sala de música... Me detengo en la sala de música porque según nos contó a mi hermano Toño y a mí el encargado del registro de entonces, Mr. Cole Hamilton, esa sala fue en tiempos de mi antepasado el gimnasio.
¿Qué pasó en ese gimnasio? En la habitación de mi abuelo siempre hubo dos candelabros. Estaban en un aparador, cada uno a un lado. Nos contaba que los ganó porque fue el mejor del Pequeño Ocho, que debía ser una especie de elite de los gimnastas del colegio. En el registro del colegio figura ese logro. Y cuando lo leí aluciné: “Pedro Parra, ganador de los candlesticks del Little Eight” Me consta que mi abuelo era un gran deportista, que corría como un gamo y su corazón parecía no inmutarse ante el esfuerzo (esto se lo decía su profesor de gimnasia, que le acusaba de no haber corrido y de haberse escondido por algún recodo del camino), que era fibroso, ágil y hábil. Fue un gran tenista y su pasión por ese deporte la vivió hasta el fin de sus días. Por eso para mí fue tan especial la primera Copa Davis. Con él vi muchos partidos de tenis, pero nunca vimos por la tele que España ganara casi nada... Parece que le estoy viendo en el Tenis, en la Magdalena, con su pantalón largo de blanco inmaculado o practicando en el garaje contra la pared con más de 85 años.
Volviendo a la capital de Escocia, mi abuelo se alojaba en Carrington House, una de las residencias para estudiantes del colegio, todas ellas en el interior del enorme recinto. En su época había otras tres: Glencorse, Kimmerghame y Moredun. Hoy hay más, pero para mí esas son las importantes. Cuando estuve con mi hermano, un frío día de invierno, Carrington estaba cerrado por obras. Fue un chasco tremendo. Se torcía un día muy esperado. Aunque el primer contacto había tenido muchos puntos positivos. Y volví año y medio después, era junio y me acompañaba mi amigo Javi. Hacía un día maravilloso, con sol y más de 20 grados. Me reencontré conmigo mismo.
Entramos en el Fettes, por la puerta principal de Carrington Road. Carrington House está cerca, se gira a la izquierda y se camina entre árboles con la sensación de haber estado antes allí muchas veces. Al vernos curiosear, el Headmaster salió a nuestro encuentro. Le conté que mi abuelo había estudiado allí junto con su hermano durante cuatro años. De primeras me miró como si no me creyera. Pero saqué una foto que llevaba conmigo, una muy parecida a la que ilustra este post, y la decoración cambió de manera radical. Sólo le faltó hacerme la ola. Me pidió la imagen para hacer una copia y me invitó a entrar y a que pegara un vistazo por las instalaciones; pero tampoco yo quería fisgar ni romper la paz que allí había. Hablamos un rato de manera amigable, le agradecí la deferencia y seguimos nuestro camino.
En 1914, a finales de curso, mi abuelo estaba en Glasgow pasando un fin de semana en casa de un amigo. Las noticias no podían ser peores, y estallaba la I Guerra Mundial. Ni que decir tiene que salió por patas (si es que en aquella época se podía salir así de los sitios) y regresó a España. Sé que una vez terminado el conflicto él y su hermano regresaron para estudiar en Cambrigde, en Peterhouse (fundado en el año 1280, creo que es el college más antiguo de Europa), pero esa es otra historia que ya os contaré en otro momento.
Han pasado 100 años desde aquel día en que mi abuelo Peter llegó a Edimburgo. Allí vio jugar a los All Blacks -me flipaba que un equipo de rugby estuviera de gira por Europa después de recorrer medio planeta-, allí se forjó como una buenísima persona, allí pasó unos años espectaculares y allí aprendió un inglés perfecto y maravilloso cuyo sonido nunca olvidaré. Vamos, como a mi abuelo, un ser excepcional al que siempre adoraré.
P.S. Releyendo el post, he recordado una cosa que me gustaría contar. Después de mi primera visita al Fettes, revelé un carrete entero de fotos y escribí una crónica de seis folios. Mandé una carta a Santander desde Escocia; siempre cultivé el género epistolar para huir de la soledad del que está lejos de casa. Lo más bonito que recuerdo es lo que me contó mi madre entonces: "Leímos tu carta en la mesa antes de comer. Tu abuelo no paró de llorar". Imposible no hacerlo al recordarle...






Tiene ese punto hortera tan propio de Las Vegas, en el Estado de Nevada, pero no cabe duda de que la Hardwood Suite tiene su aquel. Si exceptuamos los 25.000 dólares (18.400 euros) que cuesta pasar una noche en ella, el resto es atractivo; es como para ir con unos colegas de parranda y de paso jugar un rato a basket...