miércoles, 31 de marzo de 2010

El dolor del regreso

Llevo tiempo sin dedicarte unas líneas y no quería dejarlo pasar más tiempo. Mañana me voy para Santander con la family y sé que en el coche, en esas horas que dan para pensar tanto, te recordaré como siempre; te añoraré y pensaré en ese gran vacío que me espera al final de mi camino. La placentera costumbre que hizo que me acostumbrara a llegar a Santander, descolgar el teléfono y verte, ahora me hace sentir descolocado, triste, huérfano de una de esas personas que marcan la vida a cualquiera.

Pensar en ir a Santander es sinónimo de dilema en mis sentimientos, en mis sensaciones. Emerge la alegría del encuentro con familares y amigos. Y subyace el dolor por tu ausencia. Una ausencia que, curiosamente, lo llena todo. ¿Es eso posible? Lo es. Las calles mojadas (muy de Antonio Vega), un paseo por el Muelle, Peña Cabarga, el centro... Es curioso, pero cada vez que atravieso la Porticada rememoro nuestros mil encuentros casuales y siento que vas a aparecer de detrás de uno los pilares. Camino acompañado pero siento que me falta alguien. Y es que es así. Tampoco me espera mi padre para hablar del Racing, para recordar historias y para seguir conociendo cosas...

Quiero regresar a casa, a una de mis casas (Madrid ya lo es también), pero los buenos recuerdos se me agolpan dentro y me siguen provocando un dolor demasiado fuerte. Soy débil lo sé, pero como dijo Sancho en El Quijote: "Tan de valientes corazones es, señor mío, tener sufrimiento en las desgracias como alegría en las prosperidades". 

martes, 23 de marzo de 2010

Hace ahora cien años... (una historia del Fettes College... o por qué me llaman Peter)

Sir William Fettes murió en 1836 dejando una importante cantidad de dinero con el objeto de crear un centro educativo para gente con pocos recursos y niños huérfanos. Se compraron los terrenos a las afueras de Edimburgo y años más tarde se comenzó con la construcción del centro, que no fue inaugurado de manera oficial hasta 1870. Cuarenta años después, mi abuelo Peter y su hermano Frank llegaban a Edimburgo sin saber una palabra de inglés.


Mi abuelo -en la foto, el quinto por la izquierda en la segunda fila- tenía 10 años recién cumplidos y debía llevar unos pocos años en España, después de haber nacido en Santo Domingo, en la República Dominicana. Siempre nos contaba sus primeras impresiones de aquel día en que junto al Headmaster aprendieron sus primeras palabras. “Table”, decía éste dando una palmada sobre la mesa que tenía delante... Muy fuerte. Menudo curso intensivo les esperaba.

De esta historia, lo que más me ha llamado la atención desde muy pequeño es la visión de mi bisabuelo, Juan Parra Alba, para darse cuenta de la importancia del inglés en el mundo ya en los primeros años del siglo pasado. Ojo que hablamos de 1910... Pero es que sin duda él era un visionario; un andaluz emprendedor que cruzó el charco para convertirse en un exitoso hombre de negocios.

Mi abuelo me contaba que el Fettes tenía un campo de golf de nueve hoyos. Yo, que jugaba al golf cuando me narraba estas historias, flipaba con eso. Cuando en España muchos colegios no tienen ni una miserable cancha, él tenía campo de golf. Tremendo. Como el colegio tenía un rígido código de conducta -que por impedir hasta les impedía comer chocolate-, él se escapaba junto a sus amigos a hacer unos hoyos aunque sólo fuera para darle un poco al sabroso cacao...

A comienzos de los 90 estuve dos veces en el Fettes College -en la imagen de arriba estoy en la misma puerta de Carrington House en la que posó mi abuelo con sus compañeros en 1914-, el campo de golf ya no existía; se vendieron esos terrenos décadas atrás para hacer frente a las costosísimas reformas, pero aún así las instalaciones eran magníficas: campos de rugby, campo de crícket (un inmeso tapiz verde), pabellón, extensas praderas, sala de música... Me detengo en la sala de música porque según nos contó a mi hermano Toño y a mí el encargado del registro de entonces, Mr. Cole Hamilton, esa sala fue en tiempos de mi antepasado el gimnasio.

¿Qué pasó en ese gimnasio? En la habitación de mi abuelo siempre hubo dos candelabros. Estaban en un aparador, cada uno a un lado. Nos contaba que los ganó porque fue el mejor del Pequeño Ocho, que debía ser una especie de elite de los gimnastas del colegio. En el registro del colegio figura ese logro. Y cuando lo leí aluciné: “Pedro Parra, ganador de los candlesticks del Little Eight” Me consta que mi abuelo era un gran deportista, que corría como un gamo y su corazón parecía no inmutarse ante el esfuerzo (esto se lo decía su profesor de gimnasia, que le acusaba de no haber corrido y de haberse escondido por algún recodo del camino), que era fibroso, ágil y hábil. Fue un gran tenista y su pasión por ese deporte la vivió hasta el fin de sus días. Por eso para mí fue tan especial la primera Copa Davis. Con él vi muchos partidos de tenis, pero nunca vimos por la tele que España ganara casi nada... Parece que le estoy viendo en el Tenis, en la Magdalena, con su pantalón largo de blanco inmaculado o practicando en el garaje contra la pared con más de 85 años.

Volviendo a la capital de Escocia, mi abuelo se alojaba en Carrington House, una de las residencias para estudiantes del colegio, todas ellas en el interior del enorme recinto. En su época había otras tres: Glencorse, Kimmerghame y Moredun. Hoy hay más, pero para mí esas son las importantes. Cuando estuve con mi hermano, un frío día de invierno, Carrington estaba cerrado por obras. Fue un chasco tremendo. Se torcía un día muy esperado. Aunque el primer contacto había tenido muchos puntos positivos. Y volví año y medio después, era junio y me acompañaba mi amigo Javi. Hacía un día maravilloso, con sol y más de 20 grados. Me reencontré conmigo mismo.

Entramos en el Fettes, por la puerta principal de Carrington Road. Carrington House está cerca, se gira a la izquierda y se camina entre árboles con la sensación de haber estado antes allí muchas veces. Al vernos curiosear, el Headmaster salió a nuestro encuentro. Le conté que mi abuelo había estudiado allí junto con su hermano durante cuatro años. De primeras me miró como si no me creyera. Pero saqué una foto que llevaba conmigo, una muy parecida a la que ilustra este post, y la decoración cambió de manera radical. Sólo le faltó hacerme la ola. Me pidió la imagen para hacer una copia y me invitó a entrar y a que pegara un vistazo por las instalaciones; pero tampoco yo quería fisgar ni romper la paz que allí había. Hablamos un rato de manera amigable, le agradecí la deferencia y seguimos nuestro camino.

En 1914, a finales de curso, mi abuelo estaba en Glasgow pasando un fin de semana en casa de un amigo. Las noticias no podían ser peores, y estallaba la I Guerra Mundial. Ni que decir tiene que salió por patas (si es que en aquella época se podía salir así de los sitios) y regresó a España. Sé que una vez terminado el conflicto él y su hermano regresaron para estudiar en Cambrigde, en Peterhouse (fundado en el año 1280, creo que es el college más antiguo de Europa), pero esa es otra historia que ya os contaré en otro momento.

Han pasado 100 años desde aquel día en que mi abuelo Peter llegó a Edimburgo. Allí vio jugar a los All Blacks -me flipaba que un equipo de rugby estuviera de gira por Europa después de recorrer medio planeta-, allí se forjó como una buenísima persona, allí pasó unos años espectaculares y allí aprendió un inglés perfecto y maravilloso cuyo sonido nunca olvidaré. Vamos, como a mi abuelo, un ser excepcional al que siempre adoraré.


P.S. Releyendo el post, he recordado una cosa que me gustaría contar. Después de mi primera visita al Fettes, revelé un carrete entero de fotos y escribí una crónica de seis folios. Mandé una carta a Santander desde Escocia; siempre cultivé el género epistolar para huir de la soledad del que está lejos de casa. Lo más bonito que recuerdo es lo que me contó mi madre entonces: "Leímos tu carta en la mesa antes de comer. Tu abuelo no paró de llorar". Imposible no hacerlo al recordarle...

sábado, 13 de marzo de 2010

Una BSO en homenaje a mis amigos

El otro día Mela contaba una historia africana sobre la canción de cada persona; un precioso relato. Nosotros no tenemos esa bella costumbre, pero está claro que hay canciones que marcan nuestras vidas y nos ayudan a recordar momentos, personas, amigos. Me han venido al coco estas 25 casi del tirón. Seguro que hay otras cien, pero para arrancar, me valen:

1- Jamming. Bob Marley. Si la escuchas no hace falta que te justifique nada más. Una inyección de energía positiva. Barri forever. También valdrían Do it Twice, Waiting in Vain o Buffalo Soldier. La anécdota del Marley, en Noja, no hace falta que la volvamos a contar, ¿verdad Andrew?

2- Insurrección. El Último de la Fila: No sabría dar una razón concreta, quizá un desengaño lejano. Pero me recuerda momentazos vividos con gente irrepetible; AMIGOS de ensueño.

3- Litros de Alcohol. Ramoncín: Mira que me cae mal este mamonín -que diría el Shatt-, pero este tema, también conocido como Hormigón, Mujeres y Alcohol, siempre me gustó. Me recuerda a Litros, no sé por qué motivo... Si sólo le sacamos a hombros de Cuatro Caminos una vez. ¿Por el título? Anda ya, si sólo coincide una palabra...

4- Memoria de Jóvenes Airados. Loquillo. Por elegir una más de ahora, y por el vídeo, que es impresionante. Leyenda es quizá la que más me gusta del Loco, bueno imagino que será de Sabino Méndez (después de mirarlo he visto que no, que es de Loquillo y el crack de Ricard Puigdomènech)..., pero Morir en Primavera, Rock & Roll Star, El Rompeolas, Cadillac Solitario, En las Calles de Madrid (que tan bien me recibieron hace casi 19 años), Siempre Libre, El Ritmo del Garaje, La Mataré (que debería ser prohibida por Aído), Besos Robados... son de las que me suben el ritmo cardiaco. Me recuerda a todos los colegas del basket; casi nada: Lation, Toy, Toñín... Aunque Domingo en mi Ciudad me haga recordar las mil conversaciones inolvidables con Marina.

5- The Whole of The Moon. The Waterboys. Javi, Toy, Barri, Andrés... casi todos están ahí cuando uno escucha este pedazo himno cantado por Mike Scott. Con Fisherman's Blues no cambia la espectacular decoración en nada. Estos escotos me llegan al corazón.

6- Fairytale of New York. The Pogues: Pienso en Javi Shatto de inmediato. Qué gran voz la de Shane McGowan, ya sea con o sin dientes... Todo lo que sea un sueño, una esperanza de un mundo mejor me gusta. Y N.Y.C. tiene un sitio en mí como lo tienen Santander, Madrid y Edimburgo.

7- Palabras. Antonio Vega. Podría ser Chica de Ayer o El Sitio de Mi Recreo o Lucha de Gigantes o..., pero Palabras me parece la canción redonda del fenómeno. Amo el tiempo y su elasticidad, aunque a veces preferiría poder alargar más las horas, en especial para ver más a los colegas, poder leer y escribir y disfrutar de verdad con Bea y las niñas. Al escucharla visualizo a todos los colegas veguistas: el Gallo, Borin... Vaya cracks.

8- Sonrisas de Papel. La Sonrisa de Julia. Una vez conocí a una Julia con una sonrisa muy bonita, pero le gustaba mi hermano... Me recuerda al último día que fui a la playa con Barri. Sólo por eso no la olvidaré nunca. Y me vienen a la mente los días de verano con Bea y las niñas. Nada como los baños en el Cantábrico, la playa, el sol... Ya lo dijo Ana Ozores en La Regenta: "Vivir es el placer de vegetar al sol".

9- Happy Hour. The Housemartins. Andrés, Javi, el Negro... Muchos seguidores. Cuando concocí a Barri tenía esta canción metida en los tuétanos. Bo Down, The Light is Always Green, Five Get Over Excited... también me podrían valer perfectamente. Y si se opta por alguna de Beautiful South también hago la ola.

10- Salta. Tequila. Una de las pocas canciones que hace que me mueva. El guitarreo de Ariel Rot me pone. A fin de cuentas es medio vecino y me cae muy bien. La pongo un poco también por todo el rock argentino, por su amistad con Calamaro y por los asados porteños...

11- Mala Vida. Mano Negra. Un ritmillo difícil de sacar del cuerpo. La imagen del colega dando patadas a la moto es inolvidable... Me recuerda a Chema, y mira que el tema es poco jazzy...

12- Escuela de Calor. Radio Futura. O Semilla negra, o El Tonto Simón. Era un adolescente, pero ese guitarreo de los Auserón. Puff. La verdad es que hace subir la temperatura de verdad. Me recuerda a años de crisis de identidad y a veranos placenteros. Sí, y a la salida a hombros de Litros (que si no sale dos veces no sale ninguna).

13- Amenazas. La Dama se Esconde. Su look no me va nada de nada, pero esa canción forma parte de mi banda sonora vital. Me recuerda a mis últimos años de cole. Quizá porque fueron un poco siniestros para mí... Malas notas, harto de todo, incómodo en mi propia piel. Pues eso, la número 13.

14- Then I Kissed Her. The Beach Boys. Donde esté la playa... Por todas las mujeres que me han gustado y hasta por las que no; pero por unas más que por otras, claro. Muchos recuerdos con la voz de falsete de estos fenómenos. Si pinchas Good Vibrations, Don’t Worry Baby, I Get Around, God Only Knows, Fun Fun Fun, I Can Hear Music... me siento igual de bien. Qué demonios bien, de fruta madre.

15- Déjame. Los Secretos. Todos nos hemos sentido alguna vez no del todo bien tratados por las mujeres (qué generoso me siento hoy). Creo que la canción describe lo que nos gustaría hacer a esa mujer que no nos hizo ni caso. Me temo que muy pocos tíos están capacitados para algo así. Al menos yo no figuro en esa lista seguro. ¡¡Calzonazos!!

16- Take it to The Limit. The Eagles. Temazo que deberíamos aplicar a muchas acciones de nuestra vida. “You can spend all your time making money / You can spend all your love making time”. Pues eso, que carpe diem. Me recuerda a Ramón Trecet y a un vídeo que montó con esta canción con jugadas míticas de NBA. Y a las relaciones con las mujeres.

17- Hey Rusty. Lloyd Cole & The Commotions. ¿Cómo olvidar las risas que nos pegamos cuando Mashy nos preguntó si teníamos el último de Lloyd Cole & The Commotions? Creo que ninguno habíamos oído hablar de ellos en nuestra fucking life. Cuando se compró la cinta muchos se la fusilamos (la SGAE aún no era ese cuervo implacable que nos sobrevuela). Y yo sigo escuchando My Bag, Jennifer She Said cada dos por tres. Cualquier día me hacen pagar por ello, aunque terminara por comprarme el cedé.

18- La Sangre de tu Tristeza. Gabinete Caligari. A Litros le daba algo un poco más feo sólo de nombrarle el grupo, pero a muchos siempre nos gustó la banda de Jaime Urrutia. Tócala Uli o Camino Soria también me despiertan la fibra sensible. Aunque no sea muy de Harleys Electra Glide y sí más de Vespas y Lambrettas. Sofía me grabó este disco y eso de "si te sientes un pobre desgraciu" me acompañó en algún que otro desengaño de juventud...

19- Mi Vida Rosa. Los Romeos. Es un subidón. Grupo con vocacalista femenina, un clásico en los gustos de Javi Shatt. Por canciones como éstas no pasa el tiempo. Y si pasa es para que aún nos gusten más.

20- La Chica de Mel. Los Flechazos. Pues vale; por Mel... y por Fer; por Javi también. El maestro Cooper en una apología mod. A Toda Velocidad también se sale. Y en vivo, mucho mejor. Me dan ganas de subirme a mi Vespita y celebrar una scooter run...

21- Mundo Alredor. Hank. Bueno, del alter ego de Hendrick Roever. Un poco de power pop cántabro. Me gustan más ese par de discos que los de Del Tonos. Me Estoy Quedando Dormido, Día de la Marmota, Rey de Algo. Temazos incontestables.

22- El Clavo. Las Manos de Orlac. Lo que más rabia me da de todo es que por aquel entonces no conocía el Ibuprofeno... Siempre Txoff en la mente, aunque nunca me lo terminara de grabar. No pierdo la esperanza. Saber que él lo tiene ya me tranquiliza, porque garantiza que siempre se escuchará.

23- Another Sunny Day. Belle & Sebastian. De esos descubrimientos tardíos que se te meten en la cabeza y no los sueltas. Lo pinchaba una antigua compañera de trabajo y se me quedó ahí.

24- Viva la Vida. Coldplay. Porque sólo se vive una vez. Y porque creo que algún día todos volveremos a encontrarnos y nos fundiremos formando un todo. Barri, ésta nunca la compartí contigo y me habría encantado.

25- My Name is Lincoln. Steve Jablonsky. Fue la banda sonora del reportaje de Informe Robinson sobre los españoles en la NBA. Tuve que remover cielo y tierra en C+ para enterarme del autor de esa sintonía. Al final el realizador del programa resolvió mi sufrimiento. La combinación de imágenes, declaraciones, personajes y la música son el mejor homenaje que se puede hacer al deporte que amo con todas mis fuerzas.

Y ni que decir tiene que añadiré más. Desde que he dado a publicar ya se me han ocurrido otras tantas...

miércoles, 10 de marzo de 2010

El Pájaro Amarillo, una de mis historias favoritas


El 14 de junio de 1929 Cantabria entraba en la historia de la aviación transoceánica al ver como el Pájaro Amarillo se posaba en la playa de Oyambre, procedente de la playa de Old Orchard (en el Estado de Maine, EE.UU.). Su destino era el aeropuerto de Le Bourget, en París, pero problemas mecánicos de la aeronave hicieron que ésta se posara en el maravilloso arenal cercano a Comillas.

La historia de superación de sus tripulantes -Lotti, Assollant y Lefevre- es maravillosa. Como maravilloso es el relato que hace Carmen Cabezón en su libro El Pájaro Amarillo en Oyambre. 80 años de un vuelo histórico (Creática).

A mí esta historia siempre me pareció sensacional (y muy cinematográfica). De pequeño iba mucho al pueblo de mi padre, Pesués. Hoy se llega desde Santander en unos tres cuartos de hora, pero entonces te podías tirar dos horas en el coche tranquilamente. Se cruzaba Torrelavega por el centro. Las caravanas eran tremendas, detrás de camiones imposibles de ser adelantados. Íbamos cuatro en el asiento de atrás en un Renault 8, sin sillas, cinturones de seguridad, ni nada de nada. Y mi padre nos amenizaba el tedio de la travesía con sus historias, sus silbidos, sus canciones. La del Pájaro Amarillo era de mis favoritas.

Un avión amarillo que se posó en la playa. ¡Guau! A mi queridísimo progenitor le gustaba ir por la carretera de la costa, rumbo a San Vicente de la Barquera. Se atravesaba Comillas, se pasaba la Rabia (aquí nos hablaba de sus andanzas junto a su viejo amigo Paco Olano), cruzábamos Oyambre, Gerra y pasábamos el puente de San Vicente. De ahí a Pesués apenas diez minutos, quince a lo más. “San Vicente de la Barquera, una de las villas más pobres que yo conociiiiií... Y nos sientan en una banqueta y nos cobran cuatro pesetas... tralaralalaralalaralalariiiií”.

Vale, me he salido del recorrido. Pero quería llegar hasta ‘la tierra de mis antepasados’. El caso es que aún hoy si tuviera que elegir el sitio más bello, mi vista preferida, mi carretera soñada junto al mar..., siempre diría que el camino de Oyambre. Los habrá más bonitos, pero no más especiales. Con sus entradas y salidas del mar, sus playas y arenales, sus acantilados, sus subidas y bajadas, esas curvas sin final... Y el plato fuerte, esa mezcla que a tantos nos vuelve locos: estar dando un paseo por la playa y ver los Picos de Europa nevados al fondo. Ese farallón rocoso inexpugnable en el que nuestros valerosos Laro, Corocotta, Linto, o como se llamaran, se refugiaron asediados hasta el fin por los romanos. Mons Vindius. Lo más de lo más (¿Verdad Barri? ¿Verdad Litros? ¿Verdad Borin?).

Leí unas semanas atrás el libro del que os hablaba y flipé con los detalles que yo desconocía: el hecho de que la empresa casi fracasara al llevar a un polizón (Arthur Schreiber); los problemas de financiación del proyecto; los fracasos previos; cómo se llevó el avión a Estados Unidos; cómo se les ayudó en Cantabria (y desde más sitios de España) para poder completar su camino triunfal hasta Le Bourget. Puff. Me emociono como un niño al escribir esto. Es el reconocimiento modesto hacia la grandeza de tres fuera de serie.

Mi mente me dibuja esa imagen que de niño yo soñaba. La de un avión del color de los canarios que giró en su ruta hacia las Galias y aterrizó en sentido oeste en Oyambre. Veo la maniobra y la estela que deja en el aire. Oigo el rugir de sus motores. Y retumban en mis oídos los chasquidos de las ruedas sobre el arenal montañés. Espectacular.

Como reza el encabezamiento del blog de un colega futbolero: “Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”. Lo dijo Samuel Beckett y creo que debe ser una frase en la que pensar cuando algo no sale como esperábamos. Así pensó Armand Lotti hace ya más de 80 años. Y triunfó. Él y sus compañeros fueron los primeros europeos en atravesar el Atlántico Norte sin escalas. Y yo me quito el sombrero por ellos... y por mi padre, que me inculcó el amor por las buenas historias. Chapeau!

P.S. Hay una cosa que desde que vi una imagen del avión me llamó mucho la atención. En el ala lleva puesta su matrícula americana, y su número es el 9422, el prefijo (942) y uno de los números (el 2) por los que empiezan miles de teléfonos de Cantabria. Paradojas del destino...

Acto de conmemoración del aterrizaje en Oyambre del 'Pájaro Amarillo'

El Pájaro Amarillo despega de Oyambre rumbo a Francia.


Una de las cartas que transportaba el avión desde Estados Unidos y que fueron selladas en Comillas para su envío europeo.

jueves, 4 de marzo de 2010

Lo que uno no encuentre en Internet...



Para todos aquellos ajenos a la familia, o menos iniciados, diré que Pedro Parra de los Reyes es mi abuelo.