"Es ley de vida", decimos siempre cuando algún ser querido se nos va. Hoy se me ha ido una persona muy especial, mi tía Angelita. Buena, cariñosa, alegre, positiva, divertida... siempre te encontraba guapísimo, siempre te decía palabras elogiosas y de las que a uno le gusta escuchar.
Tengo muchas imágenes asociadas a ella y todas me llevan de vuelta a mi niñez, a una etapa muy feliz de mi vida. Recuerdo cuando volvíamos de Cubas con ella en el coche -aquel Ford Fiesta azul claro- muchos sábados por la tarde, con Edu metiendo las marchas... Ella se había sacado el carnet de conducir ya mayor y conducía 'a su manera'. Era sensacional como cuando se le calaba el coche y provocaba un atasco -sí, en ese momento en que pitan y te llaman de todo-, ella sólo era capaz de romper a reír, se partía en dos de la risa. En ese momento en que todos nos ponemos nerviosos y tratamos de salir del apuro lo antes posible, ella no... Tía Angelita levantaba las manos del volante y le daba un auténtico ataque de carcajadas sin fin, como diciendo: el que quiera que me lo arranque.
Ella era nuestra gran matriarca. La recuerdo en mi boda sentada en nuestra mesa, como no podía ser de otra forma, ejerciendo de ello. Cómo disfrutaba roedeada de los suyos. Creo que nada le podía gustar más. El contacto con la familia era lo máximo. Se sabía los cumpleaños y los santos de todos, absolutamente de todos. Tenía una agenda mental imposible de igualar.
Con ella se van mil recuerdos, todos buenos: baños en la playa, meriendas en Cubas, pequeñas reprimendas en misa por lo malos que éramos, las visitas a los mejores belenes en Navidad, los encuentros fortuitos en el portal de Castelar... En su cara, una sonrisa eterna -como la que se me dibuja cuando pienso en todo esto-; ese gesto dulce de abuela entrañable y abnegada, de persona incapaz de hacer el mal.
En casa todos la quisimos muchísimo, era una persona muy fácil de querer, y se ganaba tu cariño por su dulzura y por tener siempre en la boca una palabra agradable. He hablado con mi madre y he compartido con ella el dolor y las lágrimas por la pérdida del último eslabón de la cadena familiar. Ella nos mantenía unidos a todos nuestros abuelos y tíos abuelos ausentes. Beatriz, mi mujer, ha sentido la noticia enormemente pues la quería muchísimo y cada vez que íbamos a Santander me decía: "A ver si nos pasamos a ver a tía Angelita".
Ahora, pienso en ella y no puedo evitar acordarme de cómo estarán tanto mi tía Ana como mi tío Ramón y, por supuesto, todos sus nietos. Unos primos míos a los que siempre estuve muy unido de pequeño y que llevan toda una vida debajo de su paraguas protector. Mi más sincero pésame. Me sumo a vuestro dolor con lágrimas cargadas de sentimiento, pero con la satisfacción de saber que se fue como vivió, rodeada de los suyos.
Descansa en paz, tía Angelita. Y muchas gracias por todo lo bueno que nos diste; tu cariño quedará en nosotros para siempre.