Llevo todo el verano oyendo hablar de planes eólicos regionales y, como siempre que andan en el ajo los políticos, malo. Creo que casi todos llevamos dentro ese espíritu ecológico puro que hace que queramos el bien de nuestro querido planeta, que nuestros hijos tengan un medio ambiente disfrutable y no padecible en el futuro próximo, pero cuando a un político se le mete algo en la cabeza los perjudicados somos casi todos.
Me gusta que se hable de contaminar menos, de investigar nuevas tecnologías y nuevas fuentes de energía, pero es que ahora parece que la única manera de lograr esa energía tan necesaria es a través de los molinos gigantes que tanto detestaba don Quijote por lo que tienen de monstruosos, claro.
Uno recorre España y sufre cuando ve paisajes rotos, antes bellos y ahora exprimidos por la codicia del ser humano. Montañas que ya no lo son, y que parecen más zonas urbanas que rurales. Es lo de siempre, ni tanto ni tan calvo. El impacto ambiental debe ser algo que siempre se contemple, aunque claro, es ahí donde aparecen los intereses políticos cruzados, los falsos ecologismos, el euro y lo políticamente correcto. Vamos, un asco.
Siempre estaré a favor de las energías renovables, pero sin descartar otras fuentes. Hay que buscar el equilibrio justo entre lo mejor para el medio ambiente y lo mejor para la economía -para nuestros bolsillos y nuestro futuro-, es decir, lo mejor para todos.
¿Qué a qué viene todo esto? Pues a un paseo por Liérganes... Alguien comentó que dentro de no mucho ese paisaje de preciosas montañas que rodea este sitio tan agradable podía estar sembrado de enormes aspas y, claro, esas cosas no me pueden repatear más. Me imaginé las Tetas de Liérganes cada una con un molino en todo lo alto y casi me da un ataque. Esperemos que impere la cordura, aunque me temo que con los dirigentes que padecemos -en cualquier bando-, cualquier cosa... Y ninguna buena.