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jueves, 13 de junio de 2013

San Antonio junio 13 ya llegó...


Y me pongo sentimental y nostágico recordando a mi padre, grande entre mis grandes; eterna referencia en mi habla, en mis historias, en mis gestos, en mi propio físico, en esa gran afición por sacar parecidos, en tantas y tantas cosas... aunque uno sólo se quede en mero aprendiz en el arte supremo: hacer el bien.

El día 13 de junio siempre se celebró mucho en casa por coincidir hasta tres homenajeados bajo el mismo techo. Por eso siempre será una fecha grabada a fuego en mi sólido disco duro de viejuneces varias.

La distancia y el tiempo se empeñan en que baje la intensidad de algunas sensaciones; pero son unos completos inutiles en su afán por borrar recuerdos y sentimientos.

Y, claro, también tengo un recuerdo para el gran Barri, a fin de cuentas también hoy es su día (José Antonio). Bueno, en realidad en mi corazón todos lo son...

lunes, 18 de octubre de 2010

Recuerdos de infancia


El otro día me encontré esta fotografía por la red. Es más que probable que los colores estén un poco subidos y que la imagen tenga un toque de irrealidad, pero lo que sí puedo afirmar que se trata de un lugar mágico. La tierra -y el mar- de mis antepasados: la ría de Tina Menor, en Pesués. Ni que decir tiene que al verla me acordé de mi padre. Y añoré no tenerle a mi lado para que me contara aquellas historias suyas tan buenas. Como la del soldado alemán que resistió hasta el final en la entrada del túnel del tren... Y cómo poco tiempo después llegó desde Alemania un monolito conmemorativo.

Y me acordé también de aquellas salidas a mar abierto en la motora de Alberto. Sí Alberto 'el de la motora', que así le llamábamos. Todo un lujo. Salir por Tina Menor, ver la Playa de El Sable a la derecha, enfilar entre los peñascos con rumbo a Pechón... Un placer para la vista y para los pulmones. Y una sensación agridulce por la lejanía de aquellos momentos inolvidables.

miércoles, 31 de marzo de 2010

El dolor del regreso

Llevo tiempo sin dedicarte unas líneas y no quería dejarlo pasar más tiempo. Mañana me voy para Santander con la family y sé que en el coche, en esas horas que dan para pensar tanto, te recordaré como siempre; te añoraré y pensaré en ese gran vacío que me espera al final de mi camino. La placentera costumbre que hizo que me acostumbrara a llegar a Santander, descolgar el teléfono y verte, ahora me hace sentir descolocado, triste, huérfano de una de esas personas que marcan la vida a cualquiera.

Pensar en ir a Santander es sinónimo de dilema en mis sentimientos, en mis sensaciones. Emerge la alegría del encuentro con familares y amigos. Y subyace el dolor por tu ausencia. Una ausencia que, curiosamente, lo llena todo. ¿Es eso posible? Lo es. Las calles mojadas (muy de Antonio Vega), un paseo por el Muelle, Peña Cabarga, el centro... Es curioso, pero cada vez que atravieso la Porticada rememoro nuestros mil encuentros casuales y siento que vas a aparecer de detrás de uno los pilares. Camino acompañado pero siento que me falta alguien. Y es que es así. Tampoco me espera mi padre para hablar del Racing, para recordar historias y para seguir conociendo cosas...

Quiero regresar a casa, a una de mis casas (Madrid ya lo es también), pero los buenos recuerdos se me agolpan dentro y me siguen provocando un dolor demasiado fuerte. Soy débil lo sé, pero como dijo Sancho en El Quijote: "Tan de valientes corazones es, señor mío, tener sufrimiento en las desgracias como alegría en las prosperidades". 

miércoles, 10 de marzo de 2010

El Pájaro Amarillo, una de mis historias favoritas


El 14 de junio de 1929 Cantabria entraba en la historia de la aviación transoceánica al ver como el Pájaro Amarillo se posaba en la playa de Oyambre, procedente de la playa de Old Orchard (en el Estado de Maine, EE.UU.). Su destino era el aeropuerto de Le Bourget, en París, pero problemas mecánicos de la aeronave hicieron que ésta se posara en el maravilloso arenal cercano a Comillas.

La historia de superación de sus tripulantes -Lotti, Assollant y Lefevre- es maravillosa. Como maravilloso es el relato que hace Carmen Cabezón en su libro El Pájaro Amarillo en Oyambre. 80 años de un vuelo histórico (Creática).

A mí esta historia siempre me pareció sensacional (y muy cinematográfica). De pequeño iba mucho al pueblo de mi padre, Pesués. Hoy se llega desde Santander en unos tres cuartos de hora, pero entonces te podías tirar dos horas en el coche tranquilamente. Se cruzaba Torrelavega por el centro. Las caravanas eran tremendas, detrás de camiones imposibles de ser adelantados. Íbamos cuatro en el asiento de atrás en un Renault 8, sin sillas, cinturones de seguridad, ni nada de nada. Y mi padre nos amenizaba el tedio de la travesía con sus historias, sus silbidos, sus canciones. La del Pájaro Amarillo era de mis favoritas.

Un avión amarillo que se posó en la playa. ¡Guau! A mi queridísimo progenitor le gustaba ir por la carretera de la costa, rumbo a San Vicente de la Barquera. Se atravesaba Comillas, se pasaba la Rabia (aquí nos hablaba de sus andanzas junto a su viejo amigo Paco Olano), cruzábamos Oyambre, Gerra y pasábamos el puente de San Vicente. De ahí a Pesués apenas diez minutos, quince a lo más. “San Vicente de la Barquera, una de las villas más pobres que yo conociiiiií... Y nos sientan en una banqueta y nos cobran cuatro pesetas... tralaralalaralalaralalariiiií”.

Vale, me he salido del recorrido. Pero quería llegar hasta ‘la tierra de mis antepasados’. El caso es que aún hoy si tuviera que elegir el sitio más bello, mi vista preferida, mi carretera soñada junto al mar..., siempre diría que el camino de Oyambre. Los habrá más bonitos, pero no más especiales. Con sus entradas y salidas del mar, sus playas y arenales, sus acantilados, sus subidas y bajadas, esas curvas sin final... Y el plato fuerte, esa mezcla que a tantos nos vuelve locos: estar dando un paseo por la playa y ver los Picos de Europa nevados al fondo. Ese farallón rocoso inexpugnable en el que nuestros valerosos Laro, Corocotta, Linto, o como se llamaran, se refugiaron asediados hasta el fin por los romanos. Mons Vindius. Lo más de lo más.

Leí unas semanas atrás el libro del que os hablaba y flipé con los detalles que yo desconocía: el hecho de que la empresa casi fracasara al llevar a un polizón (Arthur Schreiber); los problemas de financiación del proyecto; los fracasos previos; cómo se llevó el avión a Estados Unidos; cómo se les ayudó en Cantabria (y desde más sitios de España) para poder completar su camino triunfal hasta Le Bourget. Puff. Me emociono como un niño al escribir esto. Es el reconocimiento modesto hacia la grandeza de tres fuera de serie.

Mi mente me dibuja esa imagen que de niño yo soñaba. La de un avión del color de los canarios que giró en su ruta hacia las Galias y aterrizó en sentido oeste en Oyambre. Veo la maniobra y la estela que deja en el aire. Oigo el rugir de sus motores. Y retumban en mis oídos los chasquidos de las ruedas sobre el arenal montañés. Espectacular.

Como reza el encabezamiento del blog de un colega futbolero: “Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”. Lo dijo Samuel Beckett y creo que debe ser una frase en la que pensar cuando algo no sale como esperábamos. Así pensó Armand Lotti hace ya más de 80 años. Y triunfó. Él y sus compañeros fueron los primeros europeos en atravesar el Atlántico Norte sin escalas. Y yo me quito el sombrero por ellos... y por mi padre, que me inculcó el amor por las buenas historias. Chapeau!

P.S. Hay una cosa que desde que vi una imagen del avión me llamó mucho la atención. En el ala lleva puesta su matrícula americana, y su número es el 9422, el prefijo (942) y uno de los números (el 2) por los que empiezan miles de teléfonos de Cantabria. Paradojas del destino...

Acto de conmemoración del aterrizaje en Oyambre del 'Pájaro Amarillo'

El Pájaro Amarillo despega de Oyambre rumbo a Francia.


Una de las cartas que transportaba el avión desde Estados Unidos y que fueron selladas en Comillas para su envío europeo.

sábado, 13 de febrero de 2010

En el día de tu cumpleaños


Hoy hubieras cumplido 80 años. El destino sólo te dejó cumplir 78; pero 78 años muy bien aprovechados. Así al menos lo veo yo, y así me lo contaste aquel día de agosto. Hacía un poco de fresquito y decidiste encender la chimenea de la casa de Cubas. Esa chimenea que tanto nos gusta y alrededor de la cual hemos tenido mil conversaciones. “Hay tres cosas que el hombre nunca se cansa de contemplar: el mar, el fuego y las estrellas”, decías a modo de salmo eternamente repetido. Y es verdad.

Recuerdo aquella tarde. Estaba de vacaciones y tuvimos una conversación larga y placentera. Dos horas, tres... no sé, perdí la noción del tiempo. Me dijiste que qué dura era la vejera; que tu vida había sido plena; que tenías muchos motivos para dar gracias: por tener a tu lado a una mujer como mamá, por cinco hijos sanos y buena gente, por haber vivido a gusto...

Se nos fueron las horas y me quedé muy bien, pues tenía necesidad de compartir contigo el tiempo del que carecíamos por culpa de 400 km de distancia. Fue maravilloso. Pero un par de semanas después la vida dio un giro imprevisto y poco después te fuiste. Entonces esa conversación tuvo un sentido aún mayor: fue una especie de despedida anticipada. Vi que estabas en paz, que tenías la sensación de dejar atrás una vida bien vivida. Me pareció entrever una plenitud envidiable, admirable.

Hace ya casi año y medio que me faltas, pero te tengo presente todos los días. Tus frases, tus giros verbales, tus vivencias, tus anécdotas, tus historias... Me has llenado el disco duro de referencias -ahora precisamente leo un libro espectacular sobre la historia que me contabas hace más de 35 años cada vez que pasábamos por Oyambre: la del Pájaro Amarillo-. Has sembrado en mí el sentido de la justicia, el no creerme nunca más que nadie, el tener inquietud por saber cosas (“Libros caminos y días dan al hombre la sabiduría”, decías), el amor a la tierra (“La tierra es generosa”, afirmabas, aunque a ti te hacía trabajar de firme bajo el sol implacable), tantas cosas...

Papá, me diste tanto que siento que necesito nuevas pistas; no siempre las encuentro. Me quedé sin ti, y me quedé sin maestro. Me pusiste el listón tan alto que a veces siento una cierta insatisfacción. Es la admiración del discípulo hacia el buen profesor, del hijo agradecido al padre que tanto le regaló. Por fortuna, para seguir creciendo, siempre nos quedan los libros, los paisajes, las personas,... Y tu ejemplo.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Asuntos de familia

Mi padre siempre me contaba mil historias. Una de ellas es que su abuelo, médico, visitaba no sé cuántos pueblos a caballo. Medicina heroica sin duda. Los medios eran muy pocos y los casos a los que el doctor se enfrentaba, de lo más variados. A mi bisabuelo le sucedió en el puesto mi abuelo y a éste mi tío. Incluso mi padre fue también médico rural en Val de San Vicente.

Recuerdo una anécdota que contaba cuando él sufrió un accidente de moto yendo a un aviso. Una de las personas que primero le asistieron dijo: "Habrá que llamar al médico". Y otro comentó: "Pero si el médico es él...". O la que se refería a la obligación de dar de comer al caballo del galeno, allá a finales del siglo XIX. Mi padre decía que cuando llegaba el médico sacaban el pienso para el caballo y cuando el doctor entraba en la casa a hacer la visita, inmediatamente, al animal le dejaban a verlas venir... sin nada que llevarse a la boca. Ya se sabe, la picaresca hispana.

A lo largo de tantos años, fueron muchas visitas, muchas horas de consulta, mucha generosidad buscando siempre ayudar y sanar al herido, al enfermo... Siempre al servicio de los demás. Y hace ya unas décadas se decidió que la plaza de Pesués, donde se encuentra el Ayuntamiento de Val de San Vicente, pasara a denominarse Plaza de los Doctores Sánchez de Cos. Sin duda un motivo de orgullo familiar.

A mí no me dio por la Medicina; no tengo ni el talento, ni la vocación, ni ese afán de sacrificio, todos ellos tan necesarios. Sin embargo, el entrañable Luis Fernández, periodista deportivo de Televisión Española, me llamaba 'El Dóctor Cos'. Cuando llegaba a sus clases siempre decía lo mismo: "Aquí está, el Dóctor Cos. El hijo del médico. Un fenómeno". A mí me gustaba, primero porque era un homenaje a mi padre y, además, eso de Dóctor me recordaba a uno de mis favoritos: 'Doctor J', Julius Erving.

Pero a mi hermano mayor sí le dio por ahí -y nos quitó la 'presión' al resto de hermanos-, y sigue con la tradición de fidelidad al juramento hipocrático. Si es que, como muchas veces me sorprendo pensando: "Hasta Hipócrates era de Kos".

lunes, 23 de noviembre de 2009

Larga vida al tejo...


Cuentan que en la Cantabria de nuestros antepasados los guerreros capturados empleaban las propiedades tóxicas del tejo para quitarse la vida. Sin embargo, yo en el tejo siempre he visto lo contrario, la pervivencia, la longevidad. Y es tradición de muchos lugares de nuestra verde comunidad reunirse alrededor de algún ejemplar centenario para celebrar fiestas o reuniones conmemorativas, precisamente por eso porque llevan ahí muchos años...

Pues bien, éste de la imagen es un joven ejemplar que regalaron a mi padre, que él plantó y cuidó como a un hijo, y que ahora mismo ya tiene una buena estampa. Cada vez que me acerco a la casa de mi pueblo, me acerco a él, lo observo, doy una vuelta alrededor, contemplo su estado y pienso en que me sobrevivirá, que lo verán crecer mis hijas y los descendientes que ellas puedan tener. Y siempre me gusta pensar en eso: en que la historia que yo cuento de "lo planto el abuelo" ellas se lo contarán al que venga por detrás ("lo plantó el bisabuelo...") y así sucesivamente.

Me encantan los árboles y aborrezco las políticas arboricidas tan lamentables que sufrimos. Pocas cosas hay más bonitas que ver crecer a un árbol, y mucho más si uno ayudó a plantarlo o si vio como lo plantaba alguien que buscaba -sin pretenderlo- esa permanencia en el tiempo una vez agotado su propio ciclo vital.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Irremplazables

Cada jornada que libro es jornada de homenaje a los que no están. A diario no hay tiempo para uno mismo, y estos días sirven para que uno interiorice.

Si voy al tenis pienso en mi padre. Aún no me creo que llame a Santander y no me coja el teléfono para hablar de Nadal y del Racing, o de cómo van Bea y las niñas. Van bien papá. Y todos los días hablamos de ti. La primera estrella en el cielo es la tuya. Y de cualquier cosa sale tu nombre. La huerta del abuelo, la foto del abuelo, "es médico, como el abuelo", las galletas de abuelo, el yogur del abuelo... "Abuelo, te quiero tanto", dice Carmen y asiente Lu. "¿A que el abuelo cuida de nosotros?". Pues claro que sí, les digo.

Hoy llevo puesta la camiseta en homenaje a ti, Barri. Me he sentido un poco solo -aún no me había enterado de la muerte de Antonio Vega, pero seguro que ha sido por eso- y he buscado esa proximidad, la que me da pensar en ti. Me ha gustado la idea de llevarte conmigo, plasmado en la camiseta verde que todos tenemos.

Nada más ponérmela he pensado en Toño, a quien llevo demasiados meses sin dar ese abrazo que necesito; en Litos, amigo incondicional; en Javi, el que nunca te falla; en Chema, eterno colega fiel; en todos nuestros amigos que tanto te añoramos; en todas nuestras amigas, que tanto te siguen queriendo.

La camiseta-homenaje es como un punto de unión. Más de una vez la he llevado puesta debajo de una camisa buscando la fuerza que me da. Es como el traje de Superman. Es como llevarte al lado. Es como sentir que estás conmigo y que me ayudas a superar el día a día este tan duro que nos ha tocado en suerte. No es nada fácil lidiar con la situación actual, en la que cada día un amigo se queda en paro. Aunque algunos vean "brotes verdes", yo más bien veo flores marchitas.

Dicen los aficionados al basket que el cielo es un playground. Y ahora que escucho Dreams, de The Cranberries, sueño que jugamos una pachanga, como la que acabo de ver antes de salir de casa. Es de hace un saco de años (entre 15 y 20), en Solares, en casa de Andrés. Estamos casi todos. Ese es mi sueño de hoy. Aunque el de todos los días siempre es similar y siempre lo protagonizas tú. Tu compañía es el tema recurrente.

Sigo en el metro y casi no puedo escribir, pero la música que sale de mi iPod me ayuda a que fluyan mil pensamientos. Suenan nuestros Housemartins, los que pusieron sintonía a los primeros meses de nuestra amistad. Quizá por eso nunca me canso de escuchar The Light is Always Green. Eso es lo que pedimos, un poco de green think.

O Fairytale of New York; ya que hablamos de sueños, soñemos con un mundo mejor. El que tú proponías, el que tú nos marcaste. Basado en la sencillez, la honradez, la solidaridad, la amistad, la alegría; siempre con una sonrisa que no cabe ni en un gran angular.

Soy recurrente en la música, quizá debido a la falta de tiempo y a lo mucho que necesito escuchar algunos temas. Y quizá porque acostumbro a buscar una misma cosa: el amor de los que ya no están y sigo queriendo como siempre.

PS. He manuscrito casi todo lo anterior sin saber que había muerto el gran Antonio Vega. Ahora al transcribirlo lo sé y me doy cuenta de que seguro que algo flotaba en el ambiente; una vibración; una ausencia; algo irremplazable.

martes, 9 de diciembre de 2008

Mirando el futuro sin olvidar de dónde venimos


Para mí escribir, leer y escuchar música son tres terapias muy importantes. No me tengo por un tipo duro, precisamente, pero creo que soy una persona serena y que afronta las cosas que le vienen como puede. ¿Bañado en lágrimas? Pues sí, a veces.

Este año ha sido horrible. Muy duro. He perdido a mi padre y a mi mejor amigo (Barri); se han muerto dos tías mayores muy queridas; me han entrado a robar en casa; me han operado de una rodilla; mi hija pequeña se cayó por una escalera mécanica y perdió dos dientes y se llevó tres puntos en el labio, pero pudo haber sido mucho peor; una buena amiga y mi madrina tienen cáncer; he tenido a mi madre ingresada mientras mi padre luchaba a brazo partido por seguir con vida... Y el curro, pues ya lo dijo la gran Pelajia: "El trabaju tiene cara de perru".

No sé de dónde he sacado fuerzas para sobreponerme a todo esto, pero el caso es que sigo tirando del carro y me levanto todos los días dispuesto a batirme el cobre para dar lo mejor a mis hijas. No, no es fácil, pero eso de que “hay que seguir”, “la vida sigue” o cómo uno quiera llamarlo es cierto.

Dicen que “añorar el pasado es correr tras el viento”, pero no creo que la nostalgia sea mala. Lo que es malo es aferrarse a ese pasado y no querer mirar hacia el futuro. ¿Lo mejor de todo? Pues que mañana volverá a salir el sol.

Honro todos los días la memoria de quienes nos dieron tanto y ya no están con nosotros; doy gracias por lo que tengo; he perdido el interés enfermizo por lo material; y me siento muy afortunado por tener a una mujer y unas hijas a las que adoro, una familia a la que quiero y unos amigos que están conmigo cuando los necesito. Yo no puedo pedir más porque lo tengo todo. Debe ser que las enseñanzas de San Agustín prendieron en mí: "No se trata de tener más sino de necesitar menos". Amén.

viernes, 21 de noviembre de 2008

El birle


El birle es un arte, una suerte suprema en el mundo de los bolos. Decía Alfonso Ussía que su estilo jugando a los bolos tenía que ser Patrimonio de Cantabria. Sin duda, una exageración, aunque nunca le haya visto jugar... 

El caso es que el de la foto soy yo, inmortalizado por mi cuñada Paloma. El estilo lo vamos a dejar en regular. Se echa de menos una mayor flexión de la pierna izquierda... pero el resultado no fue malo: cayeron cuatro bolos.

En la imagen se ve el primero en caer volteado, pero también se fueron al suelo el del medio y los dos traseros de la izquierda.

Cada vez que veo una bolera me acuerdo de mi padre, gran aficionado y muy dado a contar historias, como la de aquel emboque sublime con el que él ganó una partida a un cura que -mal perdedor y quizá peor cristiano- juró en hebreo, en arameo y en otras lenguas a cada cual más malsonante.

Y sí, el público no parecía muy entregado. Y es que son más de videoconsolas, móviles y demás gadgets del maligno....

Por cierto, la bolera en cuestión está en Ucieda. Para los no iniciados diré que no sólo es una zona preciosa y muy recomendable, además se come un cocido montañés que se funden los plomos. Y a un precio perfecto para estos tiempos de crisis.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Enseñar a hacer el bien

Uno no presume de nada, absolutamente de nada. Bueno, sí, de padres. Dos personas que siempre han dado todo por sus hijos y que han sido capaces de inculcarnos a sus cinco hijos unos valores sencillos, pero no por ello menos importantes. En estos momentos mi padre nos deja, aunque no sea más que físicamente. Para mí, su legado es insuperable, por lo sencillo y por lo auténtico.

Me resulta muy difícil hablar del hombre que me dio la vida, que me lo dio todo. Le siento tan cerca que me falta perspectiva. Me quedo con su buen corazón, con su facilidad para ayudar a los demás, con su calidad personal y con ese estado de paz consigo mismo en el que ha vivido hasta el final. No es algo que me extrañe, no; él no sólo no hizo el mal sino que ayudó a quien estuvo en su mano ayudar. De todas sus enseñanzas me quedo con ésa.

Nacido en Pesués en 1930, era nieto, hijo, hermano y padre de médico. Fue médico rural -como manda la tradición familiar- durante unos años, a pesar de que su padre le pidiera por favor que si se dedicaba al ejercicio de la Medicina eligiera otra especialidad... Y al final le hizo caso: Estomatólogo y médico de empresa (Standard y Cros), el trabajo -ya fuera en Val de San Vicente o en Santander-, fue una de sus grandes pasiones, aunque su queja más habitual, y siempre motivo de frustración, era esa en la que se lamentaba de que en Medicina aún no se tenía respuesta alguna para demasiadas cosas.

Es cierto que en los genes familiares late un pronto geniudo, pero ya decía Valle-Inclán eso de “tengo mal genio; bien, buen carácter”. Y lo que pervivirá siempre en mí es ese regusto por la ironía, por recordar historias familiares (y repetirlas hasta la saciedad), por sacar parecidos y poner motes; siempre desde el lado positivo y alegre, nunca buscando hacer el mal.

Hemos hablado largo y tendido en los últimos meses; te veías tocado y decías mucho eso de que “envejecer perjudica seriamente la salud”. Pero 78 años no son nada y, al mismo tiempo, suponen una vida plena si se sabe aprovechar, como tú. Así te sentías, pero pocas cosas se te quedaron en el zurrón. Las importantes las cumpliste todas. Trabajaste duro para darnos lo mejor y nos lo diste todo.

Muchas veces te hemos oído repetir las palabras del doctor Letamendi, las de esa poesía simpática que dice: “Vida honesta y arreglada / Usar de pocos remedios / y poner todos los medios / en no apurarse por nada / La comida, moderada; ejercicio y distracción; / salir al campo algún rato; / poco encierro, mucho trato / y continua ocupación”. Aunque tú variabas el final por “poco ruido y poco trato”, quizá con razón. Toda una filosofía de vida con la que creo que cumpliste adaptándola a ti mismo. Ahora espero ser capaz de seguir tu estela, esa que nos dejas impregnada de tus enseñanzas, todas esas que se resumen en una: haz el bien.

Gracias, papá, de todo corazón.